18 abr. 2017

Bujías de Pasión

Capítulo 8

            En el trayecto a casa cientos de pensamientos recorrieron la mente de Robert. No estaba muy convencido de que ir a esa cita fuese una buena idea, y entonces se acordó de Valeria; más le valía que no se enterase de nada, aunque al momento recapacitó y se tranquilizó él mismo: en cualquier otro lugar ni se arriesgaría porque su chica parecía tener ojos en todas partes, pero en aquel local de las afueras, alejado del ambiente que dominaba, no había nada que temer. Iba a ir al encuentro, y no pensaba dejarse avasallar de nuevo.
            Richard abrió el portón en cuanto vio a lo lejos el coche, saludó a Robert al pasar junto a la garita y volvió a cerrar tras él. Su trabajo se limitaba a eso y poco más. Ambos se caían muy bien desde siempre, y el hijo de los Andrews lo apreciaba muchísimo.
            No entró en casa, se fue directo al cobertizo con la intención de aprovechar al menos unas horas de aquel día que se suponía que iba a realizar mil cosas y avances y que al final se estaba acabando como empezó. Ya no le quedaba mucho tiempo para hacer nada, y todo fue a peor cuando se dio cuenta de que estaba en la mesa con el ordenador delante y él mirando a las musarañas y pensando en la mejor forma de actuar cuando cayera la noche y llegase al Ginger. Y no solo cómo actuar, su preocupación se había trasladado incluso a qué diablos se iba a poner para ir a un local del que desconocía el tipo de gente que iba, aunque se hacía una idea al pensar en su mecánica.
            No tardó tanto como creía en elegir vestuario, aprovechó que hacía una noche cálida para ponerse unos sencillos vaqueros, una camisa lisa color crema y sus zapatos negros de Armani. En el tema de la comodidad de sus pies no hacía concesiones. Empleó más tiempo en decidir qué coche iba a llevar. Recorrió despacio la nave donde guardaban los autos familiares, buscando el menos llamativo, el menos caro, el menos de niño rico, y le costó horrores escoger finalmente el Giulietta, que a pesar de no ser de su convencimiento, era el que menos llamaría la atención.
            No estaba seguro de haber estado alguna vez por aquella zona. En el puerto había estado miles de veces, con sus padres, en el majestuoso yate The Sea of Andrews, la joya más preciada de su padre, aunque para ser sinceros, hacía años que no tenía tiempo de navegar, y por ende, Robert tampoco, y todo pese a la insistencia de Valeria por pasar un fin de semana en altamar. Sea como fuere, nunca había estado por la noche en el puerto, menos aún en los locales de las dársenas.
            Avanzó despacio por el camino entre las dársenas, sorteando a las innumerables personas que había fuera de los locales, hablando, fumando, bebiendo o incluso dándose el lote. De cualquier forma, todo el mundo acabó por poner su vista en aquel coche, aparte de por lo poco usual en la zona, por ser prácticamente el único. Ese dato llamó la atención de Robert, le hizo dudar de si estaría prohibido entrar allí con un vehículo, pero el caso era que tampoco había visto ninguna señal de prohibición. Avanzó lento entre las miradas. Si la información que le había dado la chica era cierta, aquel local estaba prácticamente al lado del amarre del barco de su padre, y por tanto, tendría aparcamiento en el vado correspondiente.
            Sonrió al acercarse al final y comprobar que el Ginger estaba justo en frente del aparcamiento, pero la sonrisa se le desvaneció cuando comprobó que todo estaba lleno de motocicletas. Varias filas de Harleys, Indians, Hondas, y otras tantas marcas que ni conocía, rodeaban el local por completo, todas bien ordenadas en línea, y a cual más bonita y espectacular. Definitivamente asumió que su coche no pegaba nada allí. Se dijo tonto a sí mismo varias veces por no caer en la cuenta de aquel detalle, máxime sabiendo quién le había invitado…
            Acabó dejando el coche mal estacionado, encima de una acera y tan pegado a unas motos que casi tira una al abrir la puerta para salir. No le gustaba cómo lo había dejado, pero tampoco creía que la policía frecuentase demasiado aquel lugar. Dos pasos en dirección al local le bastaron para percatarse también de que el vestuario tan sencillito que había elegido para la ocasión, tampoco era el más adecuado. La gente que había en la calle bebiendo de grandes jarras de cerveza se le quedó mirando con cara de «qué hace éste aquí», y esa misma era la pregunta que él se estaba haciendo en ese momento. Allí todo el mundo era motero, el cuero y el hierro de las cadenas invadía la mayor parte de aquellos cuerpos, y la piel que no cubría, estaba adornada por la tinta de los tatuajes.
            Robert se detuvo frente a la entrada del local, justo antes del par de escalones que debía subir para entrar en el Ginger. Se lo estaba pensando, quizás no fue buena idea haber aceptado la invitación, quizás lo mejor que podía hacer era largarse de allí pitando y buscar una buena excusa al día siguiente. Pensó que era lo mejor. Un bocinazo fuerte tras él lo devolvió a la realidad de un susto justo antes de darse la vuelta para marcharse. Al girarse la vio, había detenido su Harley frente a él.
            —Hola, motero…—saludó Laura.
            —Buenas noches, señorita.
            —¿Señorita…?—Lau sonrió aguantándose una carcajada—. Por aquí no se estila demasiado esa forma de hablar, ¿sabes?
            —¿No se estila la educación y los buenos modales?—añadió desafiante Robert.
            —Sin duda... los tienes bien puestos—esta vez no pudo reprimir la risa—. Para serte sincera, tenía mis serias dudas de que vinieras… pero… mírate… aquí estás… vestido de… de eso.
            —No he venido para que te burles de mí, ¿eh?
            —Ey, tranquilo, motero… que estoy bromeando—le guiñó un ojo de una forma que a Robert le resultó de lo más atractiva—. Deja que aparque a Ariel y entramos, ¿vale?
            —… vale.
            La moto avanzó unos metros hasta que encontró un hueco donde encajarla. Robert prestó atención a la chica. La ausencia de aquel mono de trabajo con el que siempre la había visto, le confirmó que era una mujer muy atractiva, y todo a pesar de aquella cazadora de cuero que mostraba una calavera cruzada con dos horquillas y rematadas con pistones. Motera al cien por cien, pensó.
            Laura bajó de la moto y caminó despacio hacia él, dejando que Robert se ensimismara con su forma de contonear aquellas caderas enfundadas en unos vaqueros azul oscuro y unas piernas rematadas en unas imponentes botas de cuero negro. Ya no había dudas, Robert acertó al decirse a sí mismo que aquella mujer era una belleza de los pies a la cabeza. Su carácter ya era otra cosa.
            —Ni que fuera la primera mujer guapa que ves en tu vida, ¿no?
            —¿Qué? Cómo dices?—siempre conseguía descolocarlo con sus salidas—. ¿A qué viene eso?
            —No, por nada—Laura pasó por su lado, le dio un golpecito en el brazo, subió los escalones y se dispuso a entrar—. Vamos dentro, mironcete… Me apetece una birra bien fría.
            —¿Mirón qué?
            —¡Vamos ya!
            Robert la siguió y entró tras ella. Nada más entrar se evidenció que aquella mujer era bastante conocida y querida por todo el mundo, prácticamente toda alma que había en el local la saludó, hasta que llegaron a la barra y le hicieron un hueco a ella y a su extraño acompañante.
            —¡Scotty, dos birras, por favor!—gritó Laura señalando con sus dedos a una mole de hombre que había tras la barra—. ¡Y que sean sacadas del iglú!
            —Ey... No soy mucho de cerveza, la verdad…—dijo Robert mirando hacia el gigantón para decirle que para él no, pero al ver la cara de mala hostia que gastaba y que ya había levantado el pulgar en señal de aceptación, prefirió no contrariarle.
            —Pues dudo que aquí te sirvan un Martini…—Laura lo miró aguantándose de nuevo la risa—. Sigo preguntándome la razón por la que estás aquí… ¿Es por tu orgullo de hombre o por mí…?
            —¿Perdona? ¿Cómo dices?—Robert comenzó a desquiciarse de nuevo con las directas de aquella chica, y lo peor era que en realidad ni él sabía la respuesta a aquella pregunta tan insolente.
            —Bah, déjalo para después—el barman acababa de dejarles las cervezas en la barra, Laura cogió la suya e invitó con un gesto de su cabeza a que Robert hiciera lo propio—. Te reto a una partida de billar, si es que sabes jugar, claro…
            —Vale, pero solo si apostamos—respondió él cogiendo su cerveza y mirando a Laura de forma retadora.
            —Oh, me encantan las apuestas… ¿Qué nos jugamos, motero…?


           



3 comentarios:

  1. Cada vez se pone bueno... Robert solo di que te llama la atension la chica ... y somos felices jajajaj

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ya verás la que se va a liar ahora jajajjaja

      Eliminar
  2. uyyyyyyyyy lo dejas en lo mejorrrrrrrrrrr, que tensión, yeahhhhhhhh. Me encantan las motossssss, a ver si conisgue ella q se desmelene y no van tan refinado,ejjejejje.

    ResponderEliminar